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La pequeña mentira

Consuelo. Isabela Méndez

La estreché, cobijé su angustia, sentí como su cuerpo se encogía. Ella ahogaba sus alaridos, no articulaba palabras. Yo no podía ser su madre, éramos contemporáneas, pero por instantes fue mi niña, una fiera reducida por el miedo. Tuvo terror al ver que su propio poder la había encarcelado. Cuando pudo hablar, dijo:
—¡He mentido, he mentido! —Y lloró con lágrimas de barro, de arena y trigo—. Mi mentira es pequeña y al mismo tiempo es una fosa profunda, en la que caigo cada vez que la recuerdo. Creo que los demás lo adivinan. Mi mentira me ha dejado tan desnuda ante mí, una vez que la conciencia me alcanzó, que se ha tornado en una gruesa capa de frío, y no hay lana que me dé calor. Es tonta mi mentira, pero me quita espacio, me hace dudar de mi verdad, de mis certezas.

Durante un largo rato la acuné. Luego lloré con ella, pensé en mis propias mentiras, las que me he dicho, las que han sido zancadillas para mis pasos. Le dije:
—Yo también he mentido.

Éramos espejos, vernos reflejadas nos hizo gracia, el llanto se volvió sonrisa, nos fuimos calmando. Nos abrazamos, ninguna dijo nada más. Tras separarnos, ambas caminamos liberadas.

Título del relato: La pequeña mentira ©
Título del dibujo: Consuelo (Técnica mixta) ©
Autora del relato y dibujo: Isabela Méndez
@mendezisabela

 

Sant Jordi 2013

Hoy convergen en este punto del espacio virtual, un loco, un trapecio y un tintero. Quizás el loco montó en el trapecio y roció de tinta el paisaje, o el tintero invitó al loco a bañarse en su tinta y una vez moreno, salió a tomar el aire en el trapecio, con toda seguridad de semejante combinación pueden surgir muchas historias. Lo cierto es que nos ha llegado esta postal, de parte de los tres involucrados y queremos que vuele fogosa hasta vuestros ojos.

¡Este es nuestro regalo de Sant Jordi! Podéis entrar y descargar la postal de issuu.

Una princesa, un príncipe y un dragón, ingredientes que se mezclan en original versión.
¡Feliz día del libro!

Título de la postal: “Pienso, fuego existo” ©
Autora del cuento: Isabela Méndez
Autor de la ilustración: Juan Luis López Anaya
@mendezisabela

 

Mi guayaba

Un sonido peculiar, una mezcla de chasquidos y pujos llamaron mi atención. La vi salir del caparazón y gatear sobre la tierra. Palpaba texturas cotidianas, que ahora, sin la carga de su casa circular, se revelaban distintas. Sus manos parsimoniosas, sus dedos como pequeños insectos olían la humedad.

Acercó su rostro al suelo y descubrió que las raíces hablaban con un murmullo similar al que hacía el viento al visitar su carcasa.

Tropezó con una guayaba y embriagada por su perfume decidió zambullirse de lleno en su meloso corazón. Las antenas se le pusieron dulces, y más dulce fue el sueñito que le invadió. La vi cerrar los ojos, plácidamente, acurrucada entre las semillas. El sueño se me contagió, quedé dormida en la hamaca.

De pronto la voz de mi vecino me despertó. Miré aterrorizada que había cogido la guayaba y se disponía a tirarla a la basura, mientras decía – ¡Qué asco estos gusanos del carajo, siempre metiéndose en las guayabas!

–  ¡No!, no la tires, devuélvemela- grité.

– Oye no te pongas así, solo es una guayaba y tiene gusano- respondió.

– Pues me da igual que tenga lo que tenga, dámela, es mi guayaba- agregué categórica.

– ¿Y para qué la quieres? ¿Te la vas a comer?- replicó.

– ¡La quiero para mirarla!

– ¿Te volviste loca?, ¿ahora practicas la meditación de la guayaba?

Respiré profundamente y recuperando la calma, le dije -Lo que tiene esa guayaba no es un gusano, si no una mujer caracol que estaba experimentando su libertad, que se había decidido a salir de su zona de comodidad y disfrutaba los placeres de la naturaleza.

– ¿Qué, de qué me estás hablando, te fumaste algo? Mira, ya regresaré en otro momento, ¡toma tu guayaba!.

Me dio la fruta y se marchó.

Con tanto ruido la mujer caracol se había despertado y me miraba. Me disculpé por el episodio y le propuse que regresara a su caparazón, pero para sorpresa de ambas, cuando ella quiso entrar en él, vimos que ya no cabía. En ese corto lapso de tiempo, ambos habían cambiado. Ella se había hecho más larga, y el caparazón, feliz de no estar ocupado, se había relajado y parecía hecho de gelatina.

Un silencio imprevisto se nos enrolló en la boca, en la mirada, en el cuerpo…

Minutos después, ella dijo:

–          No te preocupes por mí, ahora soy libre, quiero disfrutarlo.

–          Muy bien, adelante, respondí.

Ella se alejó gateando y se sumergió de lleno en un mango que se había estrellado contra el suelo.

Desde entonces para mí, el olor de la guayaba, es un canto de libertad.

Título del relato: Mi guayaba ©
Título del dibujo: La que palpa el camino © (técnica mixta)
Dibujo y relato de Isabela Méndez

La musa arrugada

Luego de increpar a su musa mirando al vacío, dijo en un tono contenido y repleto de rencor:
– ¡Yo solo quería pintarte!. Eres una musa vieja y desvencijada, ya no me sirves- acto seguido arrugó con todas sus fuerzas el boceto que estaba haciendo y lo echó en el cubo de la basura.

Era tarde, el silencio aturdía. La mujer se fue murmurando –Si mi noche es larga, más larga será la tuya, musa egoísta que me dejas en sombras-

Transcurridas unas horas, en medio del sueño la mujer escuchó ruidos. Estuvo aterida entre las sábanas, el miedo no le permitía levantarse. Tras esperar elásticos minutos en la oscuridad, de nuevo se quedó dormida.

Al despuntar el alba se levantó cautelosa, empuñó unas tijeras a modo de espada y fue caminando hasta el taller. Cuando llegó, observó que el papel en el que había querido plasmar a su musa, a la fuerza, no solo estaba extendido en el suelo, sino que además se había llenado de colores.

La mujer se acercó con lágrimas en los ojos. La figura del boceto estaba llena de flores y frutos, despedía un aroma penetrante y un cántico que sonaba como una cascada.
-¡Perdóname! por favor, perdóname- dijo la mujer arrepentida.
– Yo era tu musa, no tu esclava. Florezco cuando se trabaja con tesón y cariño, cuando hay inspiración real o  sencillamente cuando se me deja tranquila.
Me marcho a otro jardín de ideas, en el que sea libre.
La musa se separó del papel y se fue caminando con sus muchas raíces.

La mujer agarró la hoja, ahora blanca, y lloró sobre las huellas que habían dejado las arrugas. El desánimo pobló los rincones de su casa, transcurrieron días llenos de largos silencios, solo rotos por sus lamentos.
Una tarde mientras cocinaba, el aroma de la albahaca mezclada con la pimienta y el aceite de oliva, le hizo recordar las tardes en que la abuela preparaba el aliño de su plato favorito al compás de unas estrofas, que al principio tímidamente y luego con más énfasis, la mujer se puso a cantar:

Los abrazos de mi hombre
huelen a pimiento
y a brotes de albahaca fresca
su boca y su aliento.
Y cuando mi hombre me besa
tiene un olorcillo
a romero con anís
y hojas de tomillo

Al ritmo de la melodía, la mujer se puso a bailar y una ola de alegría le invadió.

Sintió deseos de plasmar la cara de la abuela en un lienzo, así que dejó la comida cociéndose a fuego lento y con máximo respeto buscó los pigmentos y los pinceles.
Reconoció sus utensilios uno a uno, y con las cerdas de un pincel seco recorrió el lienzo, como haciéndole cosquillas. Dejó que la mano transitara sinuosa sobre la superficie, que el tiempo se amalgamara con el espacio, que su mente paseara equina, dejando las imágenes libres, como crines que mueve el aire. Luego mojó el pincel en pigmento y emprendió el camino conocido y siempre imprevisto de crear.
Al rato de estar pintando, escuchó un ligero sonido y pudo ver que en un hoyito de su paleta, una musa, nacía tímidamente.

Título del poema: La musa arrugada © ®
Título del dibujo: Entre arrugas (técnica mixta) ®
Dibujo y escrito de Isabela Méndez

Ese trazo

I

Es el recuerdo
ese trazo que reina por instantes
sobre el olvido.

Y son insectos alados
las antiguas caricias,
se cuelan por algún poro
abierto desde entonces,

boca invisible
que espera la cosquilla.

 

II

Si un poro es una boca invisible,
jamás habrá silencio en nuestro cuerpo.

Cada poro es una gitana
que embruja
que anuncia.

Al morir nosotros,
escaparán los poros
de nuestro cuerpo

y seremos de cartón.

Existirán libres
de nuevo entre la tierra

sembrados
respirantes.

Título del poema: Ese trazo ©
Título del dibujo: Cariposa © ®
Técnica del dibujo: Lápiz sobre papel, tratado con ordenador
Dibujos y poema de Isabela Méndez

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