Archivo de la categoría ‘Escritos’
Escarbar en el origen
Escarbar en el cuerpo, en el propio origen, con el afán de que el deseo se avive. Buscar el éxtasis en la piel del otro, esperar el grito.
Amar al otro en su sueño y su vigilia, llenar de bendiciones sus párpados cuando la luna se cobija en la noche, y en ese mismo instante, comprender que no es posible…que la piel y el espíritu no necesariamente coinciden y que, aunque haya existido un sueño de futuro y una realidad compartida, las horas han sido eficaces en destejer la risa, en transformar el júbilo en miedo, y las paredes que nos amparaban, en brisa.
Aprovecho para compartir con vosotros el post que me acaban de publicar en el blog de Microliteratura, “Sea breve, por favor”: Levemente
Título del escrito: Escarbar en el origen
Título del dibujo: Fotografia
@mendezisabela
Llanto, altares callejeros y humo
Hoy recuerdo aquella mañana en que un desconcertado bullicio se colaba por el espacio angosto entre la puerta y el suelo. Las voces venían de los pasillos, era temprano. Nadie sabía qué pasaba ni por qué. Desde la terraza de la Markle Residence, a unas 20 manzanas del World Trade Center, se podía ver un avión incrustado en una de las torres, y una humareda. Llegué a subir a la terraza, pero el dolor no me permitió ver más allá de lo que ya mi corazón lamentaba y percibía sin necesidad de cámaras o telescopios. No quise contemplar aquello, me parecía aterrorizante ver la tragedia o fotografiarla. De todos modos, la información llegó durante meses, cada vez que se encendía una radio o un televisor.
Pronto fueron dos aviones incrustados en aquel lugar, y la hermosa ciudad de Nueva York junto a todos los que en ese momento la habitábamos, nos comimos el miedo a cucharadas soperas, nos tragamos el humo, y en cuestión de horas nos vimos rodeados de altares con las caras de los desaparecidos. Esa mañana rezamos con fervor pidiendo que ninguna persona cercana estuviera allí y rogamos para que los que estaban atrapados, pudieran salir.
En los altares callejeros confluían todos los credos y una sola plegaria, por la paz.
La zozobra que quedó en el ambiente era tal, que durante semanas, el más mínimo sonido fuerte, nos sobresaltaba. La residencia en la que yo vivía, estaba dentro de la zona acordonada por la policía. Teníamos que mostrar el pasaporte para poder entrar o salir de casa. En la parte de atrás de nuestra cuadra, quedaba uno de los hospitales que recibió algunos de los muchos heridos. Y las sirenas de ambulancias se convirtieron en plañideras sin turno de descanso.
El sueño americano se había tornado en una pesadilla. La ficción más grotesca había quedado pálida ante una realidad que burló toda previsión, y que birló esperanza y alegría.
Muchos de los estudiantes extranjeros de actuación de la escuela Lee Strasberg, donde yo estudiaba, cogieron el primer vuelo que pudieron para retornar a sus países.
Yo rezaba, lloraba, me hacía preguntas, me abrazaba a mis amigos y como siempre, escribía, escribía, escribía. Algunas poesías rotas, que mostraban sus vísceras, llenaron pronto un cuaderno. Me impactaba y me sigue impactando que el ser humano sea capaz de elegir la destrucción, a la vida.
Pero aunque el ruido fue enorme y el dolor inmenso, el devenir de los días y los años me ratifica que afortunadamente somos más los que queremos la vida y los que nos apuntamos a la tropa que dialoga, respeta la diversidad y busca hacer de este planeta un lugar mejor, en el que la paz, tenga lecho y cobijo en cada corazón.
En memoria de los fallecidos el 11 de Septiembre, y en la de sus familiares y amigos. Dios bendiga a Nueva York.
Título del relato: Llanto, altares callejeros y humo © ®
Título del dibujo: Tristeza celeste (Técnica mixta) © ®
Relato y dibujo de Isabela Méndez
¡ESTAMOS DE FIESTA!
“Del vientre de un tintero” cumple un año!!.
Quiero contaros que este espacio es posible gracias a la complicidad de Ricard Cassola, mi compañero. Yo escribo en un ordenador adaptado y dibujo con atril y lupa, le doy los contenidos a Ricard y él diseña y monta el blog. Este es por tanto un sueño de dos, que afortunadamente ha encontrado espacio en vuestras pupilas.
Muchas gracias a quienes nos acompañáis y esperamos poder seguir compartiendo con vosotros mucho tiempo!
Título del dibujo: Mujer entre mosaicos (técnica mixta) © ®
Dibujo de Isabela Méndez
Confesión de una tortuga
Dije tortuga en algún momento lejano, tanto como mi infancia. Y tortugas vi en la playa de la Guaira y en el solar de la Nona, entre las sombras de las hojas de plátano. Piedras verdosas, móviles montañas, arrugadas y pacientes, eran las tortugas de la costa y de Los Andes.
Tortuga me entendí cuando al compararme con otros, me percaté de que mis ojos percibían con lentitud. Siempre alargando el cuello para acercarme siquiera unos milímetros al mundo de las cosas.
Alguien me dijo y le creí, que para ser maga debía llevar un sombrero de tela almidonada, así que me lo puse. La carga comenzó a hacer mella en mi cuello, ¡pero llevar el sombrero era el mandato! y obedecí.
Con la angustia sobre mi cabeza convertida en sombrero comencé la búsqueda de algo. Un algo que imaginaba cálido, apacible, mío. Más tarde ese algo tuvo nombre: casa, ¡sí, buscaba mi casa!.
Los hechizos se me escurrían por entre el sombrero y las sienes, salpicándolo todo. A veces se dormían entre mis pliegues sin llegar a convertirse en canto, otras se diluían con mi sudor y se emborrachaban de sal…dichosamente en muchas ocasiones los hechizos lograban sembrarse en el camino y crecer frondosos o sencillamente alzar vuelo, como corresponde.
Siempre fui maga, aunque no era consciente de ello y como había puesto la catedral de tela sobre mi cabeza, atribuía la magia a dicho elemento.
Un día en que el calor hacía estragos en mi cuerpo y las arrugas de mi piel se apelmazaban, me quité el sombrero. Primero miré su interior de reojo, luego zambullí en él la mirada y vi que dentro no había nada, ni magia, ni augurios, ni voces, ni liebres o genios. Sentí miedo y rabia por el engaño, mis rugosidades se enarbolaron semejando laberintos de hojilla, me sentí extraviada y preferí creer que lo que veía no era cierto. Pensé -si siempre he llevado el sombrero y no me ha ido tan mal, debe ser que en realidad es eficiente. Quizás no sé ver sus poderes, pero existen-. Así que volví a ponérmelo sobre la coronilla y continué la travesía.
Hoy en una especie de sueño acuoso, he visto la tortuga que soy, y solo así pude sentir plenamente, la brutal carga que significaba aquella catedral de tela. Sonreía pero lucía agotada y el peso empujaba hacia abajo su cabeza, mi cabeza.
Un deseo irrefrenable de liberación, me hizo arrancarle el sombrero. Pude contemplar como su rostro, que era el mío, se hacía tan joven que parecía una sierpe. La magia salía a borbotones por su mirada y en su caparazón se dibujó un ojo azul como una flor.
Ahora la tortuga anda liviana y ha descubierto que a demás de que no necesita sombrero, sin él, puede meter en su caparazón la cabeza.
Declaro por tanto, que este Abril, la tortuga que soy ha encontrado su casa.
Consejo para tortugas y morrocoyitos
No crean a los vendedores de cachuchas, gorras o viseras mágicas. no se dejen poner sombrero por nadie, si se lo ponen ya no podrán meter la cabeza en el caparazón.
Cómanse las hojas y de vez en cuando alguna flor. Gocen del tomate y sus semillas, llénense el morro de su jugo e investiguen sus profundidades. ¡El tomate es un festín! Disfruten de la tierra húmeda bajo las patas, rásquense con las raíces y pregúntenles cómo es la vida subterránea.
Saluden con reverencia a las pasas, que son pequeñas tortugas dulces y a las nueces, que son ancianas tortugas, totalmente cubiertas por el paso del tiempo.
Y por favor, si ven a alguna tortuga patas arriba, denle un empujón cariñoso y firme para que pueda volver a caminar y no se ahogue. Todas las tortugas necesitamos de ese empujón, alguna vez.
Título del escrito: Confesión de una tortuga ©
Título del dibujo: Tortugas de un sueño antiguo © ®
Técnica del dibujo: Papel tratado y teñido a mano con técnica PL y dibujo en tinta
Dibujos y escrito de Isabela Méndez
Plegaria y soles
Venezuela es una caricia geográfica,
una tierra de sol y de gente que no se piensa el abrazo si no que lo ofrece. Y en cada abrazo dos soles se funden y lanzan un tercer sol al espacio.
Venezuela es una tierra en la que el mestizaje reina, y así negros, blancos e indios han entretejido matices en la piel, que componen un mosaico fascinante. En mi tierra se ha recibido a centenares de españoles, italianos, portugueses, franceses, alemanes, libaneses, turcos, judíos, colombianos, peruanos, argentinos que se han entrelazado con la población autóctona.
Cada uno de ellos es Venezuela.
Lanzo una plegaria a la que espero se unan otras voces para lograr unidad entre la gente de mi patria. Para sanar las heridas existentes, para no señalar al otro por el color de su camisa ni de su piel, para respetar las normas, para permitir que la prosperidad toque a todos sin que para ello tengan que doblegar sus convicciones. Esta plegaria pide por la paz, por la seguridad de las personas, por la democracia.
Porque volvamos a abrazarnos y a diario haya tantos nuevos soles saliendo de Venezuela, que los satélites lo capten y los noticieros tengan que informarlo.
Te quiero Venezuela.
Fotos tomadas en Caracas, Los Andes (Estado Táchira) y Parque Nacional de Morrocoy
Título del escrito: Plegaria y soles
Escrito de Isabela Méndez
La noche
Ánimo, la noche dura solo unas horas. Aprovecha su silencio, ábrele brechas con tus sollozos y maravíllate de que el sonido esté vivo. Busca una brizna de luz, juega con la sombra de tus manos contra la pared, deja que aparezcan los monstruos entre ellas, no les temas. Si perseveras, tanto acariciar tus manos, tanto moldearlas en furias, dejará exhausta tu rabia y tu tristeza.
Quizás entonces cerrarás los párpados unos minutos y al abrirlos, la noche se habrá llevado su cargamento de niebla, sus túneles portátiles, sus cavernas.
El pueblo que te habita y aquel en el que habitas, se vestirá de luz para quererte.
Título del escrito: La noche ©
Título del dibujo: Pueblito © ® (tinta y acuarela)
Dibujo y escrito de Isabela Méndez
Historias de infantas para no infantes
Ya estoy de regreso. Toda una aventura ir de Zaragoza a Illueca. Llovía mucho, la carretera estaba en obras así que Carlos Cruz y yo aprovechamos el viaje para tararear y cuadrar detalles, el tiempo se diluía entre los charcos de la vía y sabíamos que llegaríamos después de lo previsto al Castillo Papa Luna.
Una vez en el castillo, cenamos un bocata a las carreras y nos pusimos a repasar el repertorio en un salón.
A pesar del clima, personas de todas las edades fueron llegando, desde una niña de unos 9 años hasta gente de pelo cano y sonrisa franca.
De pronto había comenzado la función, el desafío de estar frente a quienes jamás te han visto y de crear la suficiente intimidad y calidez para compartir el aliento, en medio de un espacio con techos altísimos y un ambiente frío. Pero sucedió, gracias a Dios la gente tenía deseos de escuchar, de reír, de llorar, de completar frases, de ser tocada por los acordes que Carlos creaba y las palabras y los silencios que si no comparto me ahogan.
Según iba moviéndome sobre la tarima, descubría que rechinaba en cada punto, como contando su propia historia, confiriendo un halo de misterio a la sesión.
Como siempre Carlos y yo hicimos hallazgos, incluso dentro de relatos que ya hemos presentado juntos en muchas ocasiones.
De regreso a Barcelona, un poco cansados en el tren, comentábamos las cosas a pulir y los aciertos.
A Illueca fuimos invitados a actuar dentro del marco de actividades de la Semana de la mujer trabajadora. Llevamos “Historias de Infantas para no infantes” un espectáculo que escribí inspirada en la fuerza femenina. Los relatos en prosa o en verso y las canciones hablan de mujeres que creen en sus sueños y encuentran en su interior el poder para gobernar sus vidas. Vamos mezclando música y cuentos, a veces los personajes cantan, otras las canciones narran costumbres y episodios de los personajes. Hacemos un recorrido por distintos estilos musicales tales como el tango, la música llanera venezolana y los cantos de pilón, entre otros.
Al concluir la sesión, la Concejala tenía una sonrisa en el rostro y se nos acercaron varias personas animadas.
Deseo que estos cuentos lleguen a cuantos oídos sea posible, es mi manera de aportar a la sociedad la fe que tengo en las mujeres y por qué no decirlo, también en los hombres. Creo en un mundo en que las mujeres pueden realizar sus sueños a la par de los hombres que las acompañan, dentro de un ambiente de libertad y equilibrio.
Las princesas de mis cuentos son salvadas por hombres sencillos y por la potencia de la naturaleza. La Eva de la que hablo, cree en la comunicación y en la posibilidad de alzar vuelo cada vez que lo precisa, la esclava negra Elataé es capaz de salvar a su amado por medio de sus cantos…
Me despido de quienes me leen, enviándoos mi cariño y anhelando que alguna vez compartamos una sesión de cuentos, mientras consigo la manera de publicar en papel para que estas historias puedan estar entre vuestras manos en forma de libro.
Este fue el cartel del evento:
Título del escrito: Historias de infantas para no infantes
Escrito por Isabela Méndez
Ventajas de ser payaso
De noche el payaso tiene consigo la mejor estrella,
abre surcos y agujeros en lo oscuro,
hace flor su pensamiento,
riza el viento con sus ojos
y entre migajas que escaparon a los relojes consigue alimento.
El payaso vive las horas desde adentro. Él es el tiempo de la risa, del llanto que dormita entre la gente, del cansancio que sucede al bullicio.
El payaso es espejo de sí mismo
sin temor a su reflejo,
hace guirnaldas con la tristeza,
deja desnuda su rabia,
se burla de sus errores y los convierte en aciertos.
Al payaso se le perdona ser franco cuando señala nuestro punto flaco.
Si todos fuéramos payasos, iríamos sin armadura por la calle, nos permitiríamos vestir a nuestro aire, besar y abrazar sin buscar un momento señalado para hacerlo, reír cuando apetece con estruendo, no explicar porqué estamos cabizbajos, admitir el miedo, gritar cuando se desea, hablar solos y cantar en los espacios públicos o a un amigo imaginario, no pedir excusas cuando al salir del baño se nos olvidó subir la cremallera.
Brindo por un mundo de Payasos, en el que se considere normal aquello que tanto nos preocupa esconder de nuestra especie de “señores y señoras domadas” de “gente bien” y seria.
Cuando salga con una pantufla por monedero y use mi nariz roja no solo en escena sino en las diligencias diarias, cuando haya ascendido al nivel de “Payasa a tiempo completo”, ya no me encontrareis en esta tierra, seguro estaré flotando en la galaxia de la paz interior.
Ya no me entoncrareis en esta rrieta, segudo estadé toflando en la lagaxia de la zap inretior ….
Título del escrito: Ventajas de ser payaso © ®
Título del dibujo: Yapasos (Técnica mixta) © ®
Dibujo y escrito de Isabela Méndez ®
¡Vaya a su desván!
(Este antiguo escrito lo he desempolvado animada por una conversa que tuve con Evlín, autora del blog ¡POR MIS TACONES!)
¡Cabe tanta pena en las entrañas!. Hay memorias que por tristeza confinamos en el desván.
Quizás las lanzamos airados sin buscarles baúl, o acaso nos tomamos el trabajo de amordazarlas con lazos de seda.
Lo cierto es que pese a que hayamos sellado cada hendidura de las paredes del desván, la pena se filtra como el agua, orada, penetra, vuela, burla y encuentra nuestra humanidad infantil, vulnerable.
Nos hacemos los heridos, los olvidantes, los cínicos, los indiferentes, a cambio recibimos una aparente calma, un dominio de la máscara y el disfraz, el escudo y la espada.
Pero soterradas o encarceladas en el altillo, gritan nuestras bestias, nuestros desaciertos ignorados. Allí se cuece entre un fuego frío, la sombra que se colará hasta que la lloremos como merece. Hasta que digamos a esa persona que nos hirió, aunque sea en la intimidad de nuestro silencio: -Sí, te amé, te amé tanto que dejé de amarme, que entregué mi espacio y mi instinto, que abandoné mi intuición. Te amé y por ello perdoné tu violencia, tu arrogancia. Te amé y por eso me dolía tu derrota. Pero no soy responsable de tu historia e inmolándome no te devolví lo que habías perdido. En lugar de ello me extravié, me alejé de mi misma.
Ahora que estoy cerca de mí, que el tiempo ha lamido mis heridas con paciencia, me despido de verdad, nos dejo libres del dolor que tanto pesaba-.
El lastre más pesado es el que creemos que hemos condenado al olvido, ese que no descubrimos por miedo a ver nuestra tristeza desnuda. Pero el dolor es tenaz y siempre nos alcanza.
¿Cómo nos alcanza? Es un guerrero perspicaz y se hace notar a través de la enfermedad, el desánimo, la apatía, el miedo, la culpa, la furia.
Puedo decir que al haber trocado mi rabia y mi indiferencia en lágrimas, soy más libre.
Por ello ahora que he acogido una tristeza que desconocí por años, que he sentido mi estómago contraerse y mi pecho soltar un llanto telúrico, me animo a escribir para alentar a quien me lea, a que vaya a su desván y que llore cuanto sea necesario.
Nota: Busqué en el diccionario la palabra olvidante y no la encontré. Creo que la ha inventado mi escrito, así que describo lo que esconden sus letras.
Olvidante: Dícese del que ejecuta la acción de olvidar.
Toda persona que se declare olvidante, le otorga al recuerdo una importancia superlativa y por ende se convierte en recordante.
Título del escrito: Vaya a su desván © ®
Título del dibujo: La olvidante © ® (Tinta sobre papel)
Dibujo y escrito por Isabela Méndez
¡La geografía es tanto!
(Respuesta a la carta de una amiga en la que me pregunta si solo extraño la geografía)
La geografía es tanto, amiga mía, añorar la geografía es como añorar el cuerpo de quien se ama: recinto de su alma.
Pero es más aún, esa geografía nos vio nacer, acunó nuestros primeros respiros, carcajadas, pasos, traspiés, nos llenó de aromas propios de su vegetación y sus manjares, nos dio un contexto en el que aprendimos a comunicarnos, a amar y ser amados, y en el caso de nuestra tierra, nos regaló la bendición de un sol perenne, de un clima piadoso.
No puedo ir al pasado, sin recorrer las rutas felices de los paseos por Los Andes de la mano de mi padre, orgulloso de su procedencia, explicándonos sobre la flora y la fauna, sobre la historia del lugar, con esa mezcla deliciosa que su fisonomía contiene: sapiencia, cultura, fe e infinito amor por la montaña y el trabajo campesino. Recuerdo el olor de la caña de azúcar y la aventura que significaba para mi hermana y para mí ver a nuestro padre cortando los tallos y después entregárnoslos para que extrajéramos lo dulce de su savia.
Se me agolpan las hojas de plátano entre los pulmones y me cuesta respirar, se me escapan las lágrimas.
De vez en cuando en plena Barcelona Catalana, me visitan los recuerdos de nuestra playa, esa que estaba solo a 20 minutos de Caracas y juro que ese recorrido en mi evocación, es tan alegre, que por momentos me parece que baña de Caribe estas regiones europeas.
Llegar al mar era tener cerca a mis abuelos, tíos, primos a mi hermana y mi madre. Era la garantía de abrazos y besos, con ese amor que derrochamos en el trópico, donde no se piensa tanto para decir te quiero, o estrechar a alguien.
La geografía es también, nuestras carreras para llegar a clases en la Universidad Central, llena de verde y flores, el encuentro con todos los que amé entonces y amo ahora, mis amigos, con los que soñé un teatro hermoso, con los que hice Lorca, con los que luego tuve la dicha de estar en escenarios profesionales.
Y fíjate amiga, aunque la geografía es enorme y nuestros ojos minúsculos jamás podrán abarcarla, la llevo en el cuerpo, en el alma y casi podría decirte que a veces me cabe en la palma de la mano, porque no habrá distancia que me impida tocarla y hacerla parte de mi torrente sanguíneo, aunque sea en la remembranza.
He aceptado que este sentimiento jamás se irá, como no se fue de los miles de italianos, españoles y portugueses que llegaron a nuestra tierra Venezuela.
Los inmigrantes vivimos en tres patrias, la que hemos dejado, la que habitamos y la que ha edificado nuestra nostalgia.
Isabela Méndez


















