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Del vientre de un tintero por Isabela Méndez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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Archivo de la categoría ‘Relatos’

Formas de entender un árbol

-     Detesto  los árboles altos, sus frutos quedan demasiado distantes de mis manos y cuando caen pueden hacer daño en la cabeza. Frutos suicidas, se estrellan contra la tierra y llenan todo de pulpa, ¡cuerpos dulces y necios desperdiciados!, así no se pueden vender, ni comer, solo sirven para ensuciar el suelo.
-     Los árboles tan grandes nos recuerdan lo minúsculos que somos y lo lejos que quedan algunos sueños de ser alcanzados por nosotros.
-     Creo que los árboles jirafa pueden tener amores con las nubes que vuelan bajo.
-     Esos árboles enormes deben tener la desdicha de avizorar primero que el resto, cuando una catástrofe se avecina.

….

Me quedé viendo la copa de aquel árbol, tras  haber trepado por la corteza de su tronco con mis pupilas. Vi que el sol estaba allí, era un  ojo de fuego,  cerca pasaba un ramillete de nubes como barbas etéreas que hacían del cielo un Polifemo. ¡Ese Polifemo miraba el planeta que yo habitaba!, y viví una aventura mitológica en cuestión de segundos. Quise abrir los brazos, me pareció que volaba, mi cuerpo se alargó, respiré profundamente. Cabalgué sobre la brisa, saboreé un banquete de quimeras en salsa. Vencí el oprobio con mi espada, toqué el laúd, miré por un catalejo cómo mi soledad era una isla que yo conquistaba y quise a cada una de sus olvidadas criaturas, sin ordenarles que cambiaran su lengua o sus trajes.

Amé a un semidiós llamado Silencio, hicimos el amor con los párpados, en una contienda de pestañas húmedas, al final hubo lágrimas sobre nuestras mejillas.

Silencio se esfumó, mi sexo palpitó en soledad,  tuve la certeza de que tenía el corazón entre las piernas. Un corazón tierno, puro, una boca que pronunciaba fluidos, una gruta hacia mis entrañas, y supe que estaba completa, que no había que buscar fuera, que solo había que encontrar, que celebrar el roce y las despedidas.

El canto de un grillo me hizo volver de mi viaje y posar de nuevo la mirada en los frutos. Pensé en mis anhelos, los que aún no había convertido en materia, me sentí alegre de seguir teniendo sueños de estatura imponente.

No sé si los lograré todos, pero sé que me hacen levantar la mirada, abrir los brazos, volar y tener la certeza de que respirar tiene sentido.

Título del relato: Formas de entender un árbol
Título del dibujo: Deseos (Tinta y acuarela sobre cartón) ©
@mendezisabela

 


Para contar una oveja

Para contar una oveja comience por cualquier punto de su lana. Debe primero encontrar el modo de adquirir el tamaño de una mosca.

La fluidez de la narración activa, dependerá de que procure no enredarse en la pelambre, pero si lo hace, que sea con gusto. Intente entonces regodearse en el calor y si está cerca del corazón ovejuno, cuente sus latidos, suelen ser buenos para adormecer. Una siesta en la piel de una oveja es de lo más tórrido que existe.

Si estuviera cerca de la zona digestiva y la oveja atravesara por momentos difíciles,  aléjese con disimulo a un lugar menos expuesto a los gases, que suelen salir sin pudor y no dan tregua, pues casi todo en la oveja es fluidez y placidez. Digo que lo haga con discreción ya que la oveja tiene una importante característica a tomar en cuenta y es que sus emociones se resienten con facilidad. Si la oveja llegara a resentirse con usted, entonces se verá involucrado en un nudo, del que le resultará complejo librarse. Los nudos se producen una vez que la oveja, ofendida, se restriega con saña contra la hierba. Para salir del lio, se precisa la ayuda de un esquilador, que suele cortar de manera tajante el rollo, cosa que entorpece la narración vivencial.

Si usted no ha cometido la ofensa, quédese tranquilo y continúe explorando la mullida superficie del animal, mientras inmortaliza su experiencia en una minúscula grabadora, lo que equivale a contar una oveja.

En caso de que logre salir victorioso de la visita a la nube encarnada, estará capacitado para aportar su definición a continuación de las que aquí propongo:

  • Una oveja es un animal recubierto de espuma que se volvió pilosa para no desaparecer.
  • Las ovejas son pedazos de montañas nevadas que decidieron moverse.
  • Una manada de ovejas, es un continente de espuma.
  • Ciertos tipos de oveja son las hermanas animales de los sauces llorones.
  • Las ovejas son lampazos vivientes que limpian de insomnios, cuando estamos en la cama y las imaginamos saltando sobre una verja.

Título del poema: Para contar una oveja ©
Título del dibujo: Lanzarse a una oveja (Pastel) ©
@mendezisabela


La Meretriz

-Ponte tu mejor vestido que hoy en la noche vendrás a cenar a casa, y si estás de acuerdo, haz la maleta para no volver- dijo el cliente que se había enamorado de la meretriz.

Ambos se habían visto sorprendidos por un calor dulce en las pupilas, luego de encontrarse varias veces en aquella habitación decorada con telas de peluche, en donde los aromas se iban quedando como capas sobre las paredes, ¡olor a humanidad agitada, a tristeza distraída! Allí habían iniciado un vínculo fiero e instintivo y habían tropezado sin querer con la ternura.

Esa noche a la hora convenida, la Meretriz salió de su habitación con una maleta en la mano, maquillada, con el cabello recogido, un pantalón y el pecho desnudo.

-Porqué no te has vestido, preguntó el hombre- , ella respondió:

-Me he puesto mi mejor gala, no quiero ocultar los senos con que nutriré a nuestros hijos, hoy no voy a tapar con telas mi piel y sus pliegues, son la blusa más fina que he tenido.

Si salgo de aquí ha de ser con el torso desnudo pues allí late mi corazón y él ahora no admite barnices.

Sabes que vengo de fabricar gemidos diarios, de producir placeres sin tregua, de fingir sonrisas para tener un plato de comida, de vestir ropas brillantes con colores que chillan como mascotas olvidadas.

Quiero que esta noche me vista el deseo, me cobije la confianza, me haga de fular tu brazo.

Que nuestra unión sea una nueva ventana para ver el paisaje con los cuerpos ceñidos, buscando que el horizonte nos una en su viaje-.

La Meretriz y el cliente marcharon en silencio, cautivos de su euforia, esa que provocan los pactos sentidos, auténticos, esa que se trepa del plexo solar hasta la tráquea y que hace posible el destino elegido.

 

Título del relato: La Meretriz ©
Título del dibujo: La mujer robusta © (pastel)
Técnica del dibujo: Pastel
Dibujo y relato de Isabela Méndez
@mendezisabela


Mi guayaba

Un sonido peculiar, una mezcla de chasquidos y pujos llamaron mi atención. La vi salir del caparazón y gatear sobre la tierra. Palpaba texturas cotidianas, que ahora, sin la carga de su casa circular, se revelaban distintas. Sus manos parsimoniosas, sus dedos como pequeños insectos olían la humedad.

Acercó su rostro al suelo y descubrió que las raíces hablaban con un murmullo similar al que hacía el viento al visitar su carcasa.

Tropezó con una guayaba y embriagada por su perfume decidió zambullirse de lleno en su meloso corazón. Las antenas se le pusieron dulces, y más dulce fue el sueñito que le invadió. La vi cerrar los ojos, plácidamente, acurrucada entre las semillas. El sueño se me contagió, quedé dormida en la hamaca.

De pronto la voz de mi vecino me despertó. Miré aterrorizada que había cogido la guayaba y se disponía a tirarla a la basura, mientras decía – ¡Qué asco estos gusanos del carajo, siempre metiéndose en las guayabas!

-  ¡No!, no la tires, devuélvemela- grité.

- Oye no te pongas así, solo es una guayaba y tiene gusano- respondió.

- Pues me da igual que tenga lo que tenga, dámela, es mi guayaba- agregué categórica.

- ¿Y para qué la quieres? ¿Te la vas a comer?- replicó.

- ¡La quiero para mirarla!

- ¿Te volviste loca?, ¿ahora practicas la meditación de la guayaba?

Respiré profundamente y recuperando la calma, le dije -Lo que tiene esa guayaba no es un gusano, si no una mujer caracol que estaba experimentando su libertad, que se había decidido a salir de su zona de comodidad y disfrutaba los placeres de la naturaleza.

- ¿Qué, de qué me estás hablando, te fumaste algo? Mira, ya regresaré en otro momento, ¡toma tu guayaba!.

Me dio la fruta y se marchó.

Con tanto ruido la mujer caracol se había despertado y me miraba. Me disculpé por el episodio y le propuse que regresara a su caparazón, pero para sorpresa de ambas, cuando ella quiso entrar en él, vimos que ya no cabía. En ese corto lapso de tiempo, ambos habían cambiado. Ella se había hecho más larga, y el caparazón, feliz de no estar ocupado, se había relajado y parecía hecho de gelatina.

Un silencio imprevisto se nos enrolló en la boca, en la mirada, en el cuerpo…

Minutos después, ella dijo:

-          No te preocupes por mí, ahora soy libre, quiero disfrutarlo.

-          Muy bien, adelante, respondí.

Ella se alejó gateando y se sumergió de lleno en un mango que se había estrellado contra el suelo.

Desde entonces para mí, el olor de la guayaba, es un canto de libertad.

Título del relato: Mi guayaba ©
Título del dibujo: La que palpa el camino © (técnica mixta)
Dibujo y relato de Isabela Méndez


“POEMARES”, Ensayo abierto

 El pasado viernes 15 de Julio hicimos el ensayo abierto de POEMARES
en la Librería Les Punxes, y alrededor de 70 personas ávidas de poesía acudieron.

Según Bibi, quien lleva la librería, nunca había habido tanta gente
en una presentación.

Es hermoso constatar que la poesía sigue convocando, creando curiosidad y acercando a las personas.

Este espectáculo fue surgiendo de un modo orgánico.
Alekos y yo queríamos decir un sin fin de textos que abordaban temáticas variadas, pero un latido de agua se fue haciendo presente, y como el río, acabó por reclamar su lugar, su recorrido. De un modo fluido algunos escritos y cantos fueron abordando nuestro barco de papel y otros quedaron en la playa, esperando por su recital.

Sin proponérnoslo, el agua se convirtió de alguna manera en hilo conductor, un hilo sinuoso, que nos llevó en su viaje a tocar las costas del amor, lo erótico, el humor y la demencia.

Textos nuestros y de otros autores, cantos, tiple, y alguna sorpresa, forman parte de POEMARES. Dentro de las canciones está Amares y Mi hombre (perteneciente a La musa arrugada), ambas publicadas en posts anteriores de este blog.

Compartimos con los Tintiriteros esta reseña y algunas fotos del evento.

¿Por cierto, no es la tinta un pequeño océano que duerme en el tintero, esperando que lo surque el viaje gráfico de una pluma?

¡Un abrazo marino y que la poesía siga navegando!

Isabela

 

 

 

 

 

 

Título del escrito: Reseña Poemares
Escrito por  Isabela Méndez
Fotografías: Ricard Cassola


En aquella ciudad

Hola amig@s tintiriteros!!!!

El post correspondiente a esta semana, titulado “En aquella ciudad”,  lo hemos publicado en Panfleto Negro.

Presiona en el siguiente enlace para leer la publicación: En aquella ciudad y si te gusta el escrito, danos tu voto!!

Gracias!

Este cuento forma parte del disco “Cuentos al vuelo”, donde todos los cuentos son de la autoria de Isabela Méndez y la música del mismo fue compuesta, interpretada y grabada por Gaddafi Núñez.

http://www.panfletonegro.com/volante/2011/07/06/en-aquella-ciudad/

 

Título del relato: En aquella ciudad © ®
Título del dibujo: Abriendo la ventana (técnica mixta) © ®
Relato y dibujo de Isabela Méndez


La musa arrugada

Luego de increpar a su musa mirando al vacío, dijo en un tono contenido y repleto de rencor:
– ¡Yo solo quería pintarte!. Eres una musa vieja y desvencijada, ya no me sirves- acto seguido arrugó con todas sus fuerzas el boceto que estaba haciendo y lo echó en el cubo de la basura.

Era tarde, el silencio aturdía. La mujer se fue murmurando –Si mi noche es larga, más larga será la tuya, musa egoísta que me dejas en sombras-

Transcurridas unas horas, en medio del sueño la mujer escuchó ruidos. Estuvo aterida entre las sábanas, el miedo no le permitía levantarse. Tras esperar elásticos minutos en la oscuridad, de nuevo se quedó dormida.

Al despuntar el alba se levantó cautelosa, empuñó unas tijeras a modo de espada y fue caminando hasta el taller. Cuando llegó, observó que el papel en el que había querido plasmar a su musa, a la fuerza, no solo estaba extendido en el suelo, sino que además se había llenado de colores.

La mujer se acercó con lágrimas en los ojos. La figura del boceto estaba llena de flores y frutos, despedía un aroma penetrante y un cántico que sonaba como una cascada.
-¡Perdóname! por favor, perdóname- dijo la mujer arrepentida.
- Yo era tu musa, no tu esclava. Florezco cuando se trabaja con tesón y cariño, cuando hay inspiración real o  sencillamente cuando se me deja tranquila.
Me marcho a otro jardín de ideas, en el que sea libre.
La musa se separó del papel y se fue caminando con sus muchas raíces.

La mujer agarró la hoja, ahora blanca, y lloró sobre las huellas que habían dejado las arrugas. El desánimo pobló los rincones de su casa, transcurrieron días llenos de largos silencios, solo rotos por sus lamentos.
Una tarde mientras cocinaba, el aroma de la albahaca mezclada con la pimienta y el aceite de oliva, le hizo recordar las tardes en que la abuela preparaba el aliño de su plato favorito al compás de unas estrofas, que al principio tímidamente y luego con más énfasis, la mujer se puso a cantar:

Los abrazos de mi hombre
huelen a pimiento
y a brotes de albahaca fresca
su boca y su aliento.
Y cuando mi hombre me besa
tiene un olorcillo
a romero con anís
y hojas de tomillo

Al ritmo de la melodía, la mujer se puso a bailar y una ola de alegría le invadió.

Sintió deseos de plasmar la cara de la abuela en un lienzo, así que dejó la comida cociéndose a fuego lento y con máximo respeto buscó los pigmentos y los pinceles.
Reconoció sus utensilios uno a uno, y con las cerdas de un pincel seco recorrió el lienzo, como haciéndole cosquillas. Dejó que la mano transitara sinuosa sobre la superficie, que el tiempo se amalgamara con el espacio, que su mente paseara equina, dejando las imágenes libres, como crines que mueve el aire. Luego mojó el pincel en pigmento y emprendió el camino conocido y siempre imprevisto de crear.
Al rato de estar pintando, escuchó un ligero sonido y pudo ver que en un hoyito de su paleta, una musa, nacía tímidamente.

Título del poema: La musa arrugada © ®
Título del dibujo: Entre arrugas (técnica mixta) ®
Dibujo y escrito de Isabela Méndez


La brújula dispersa

El dolor, baluarte de punzadas. En él un regimiento de no sé qué criaturas, aporrea tambores que retumban en mis ojos y sienes, ¿a caso no los sienten los demás?

Mis ojos buscan la luz del semáforo y a cambio reciben un vago panorama, en el que no distingo si lo que hay frente a mí, es un cuadro de un impresionista borracho, una obra escultórica demasiado moderna, o la realidad que me impele a participar, y en la cual una vez más arrastrada por los objetivos que debo cumplir, me lanzo. Cruzo la calle confiando en que los peatones son sensatos y han visto la señal en verde…

Voy descubriendo lo que me rodea solo cuando arribo a ello, casi cuándo lo palpo, ¡milagrosamente no tropiezo! Siempre descubro el mundo “justo a tiempo”.

A lo que tengo le llaman baja visión, a esta forma de percibir el universo, que en mi caso es producto de un problema en el nervio óptico, imposible de corregir con gafas.

Era más sencillo durante mi infancia, cuando leer no constituía un requisito y me llevaban de la mano a los distintos lugares. En aquel tiempo, los adultos estaban pendientes de mi llegada, ahora en cambio llegar a un lugar, por ejemplo a un restaurante, es una odisea que la gente de vista normal no imagina. Una vez allí, las siguientes hazañas son: ver lo que hay en la carta, las bandejas que están sobre la mesa, discriminar cuál es el baño de damas….

En mis desplazamientos por la calle llevo lo que denomino una “brújula dispersa”, es decir, una serie de herramientas que me ayudan a orientarme. Con el objeto de distinguir los números de los autobuses, de las calles o ciertos letreros, uso un telescopio de bolsillo, para leer letras pequeñas llevo unas gafas lupa y para protegerme del sol unas gafas polarizadas. Mi móvil tiene un programa que me dicta los nombres de quienes me llaman, los diversos menús y los mensajes.

En casa mi brújula la constituye  un ordenador adaptado.

He llegado al casting, el dolor de los ojos ha bajado. Quienes allí están no sospechan cómo veo, ya que no llevo bastón, ni anteojos de cristal gordo y mis ojos lucen normales. Una mujer me recibe, yo hago lo imposible por disimular mi ceguera estando muy atenta en el trayecto que realizamos y sonriendo cuando ella me mira. En cierto punto me dice – sigue por este pasillo, en las puertas hay letreros, donde veas Federico Michelena, entra. Yo me he puesto pálida, ¡no puedo leer los letreros!, así que a mi pesar y con el corazón amontonando sus latidos, le digo – oye disculpa, pero no veo bien, ¿tú me podrías acompañar hasta el lugar?-, ella dice – pero los nombres de las puertas son enormes, ¡los verás!, yo replico- ¡No, no los veré!, se genera un momento de tención, al final ella cede y de mala gana me acompaña. Entro en el lugar, un sin fin de puertas se vuelven a esparcir ante mi vista, como si hubiera entrado en alguna pesadilla de Kafka, pero con un barniz de glamur porque está plagado de mujeres hermosas, de todas las tallas y colores. Vuelvo a pedir ayuda dando la explicación pertinente y esa persona me pregunta – ¿oye, cómo haces para leer los libretos, si ves tan poco?-  a lo que respondo – los imprimo con letras muy grandes y memorizo de prisa. Llegamos al estudio de grabación, rezo en silencio, espero que mi intuición, mi instinto y 20 años de oficio, me ayuden a superar este escollo. Los próximos minutos transcurren en un limbo actoral, ese que empieza con los nervios de tener en frente director, productor, camarógrafo, vestuarista y la responsabilidad de encarnar a Ofelia en la audición. Aún así, mis oídos están alerta y he escuchado cada una de las acotaciones que aluden al espacio escénico y las intenciones del personaje.

Con ferocidad me paseo por el lugar apropiándome de la atmósfera, tocando cuanto es posible, ya ha salido a la caza mi bestia, esa que muerde el aire y lo hace verbo, la que mastica el silencio y rasga el vacío. Ese animal que es también vulnerable y tierno, que encuentra en el gesto su guarida. Impregno a Ofelia de todo ello y Ofelia agradecida me da a cambio su verdad, la que nunca le ha confesado a ninguna otra actriz, porque es en la ceguera donde se sabe cómo palpitan las cosas y el mundo. Mi ceguera me permite comprender su demencia, ese estado de sensibilidad profunda, de claridad extrema, en el que si se pierde el norte, el abismo está por dentro.

Su sensibilidad la condujo al  suicidio, amada Ofelia, nenúfar de piel.

He dicho los parlamentos entre la consciencia y la inspiración, he podido entregarme dejando de lado el hecho de que me contemplan personas extrañas que fungen de jueces.

Concluyo la escena, me toma unos instantes despedir a Ofelia, que a pesar de su dolor me sonríe y abandona el estudio con paso sereno, altiva.

Todos permanecen en silencio. Descubro que está allí la mujer que me recibió y me condujo ante el laberinto de puertas. El director deja escapar una sonrisa, busca la mirada de la productora, esta le hace una señal de aprobación, pero en seguida lanzan la frase a la que tanto le tememos los actores “Gracias por venir, cualquier cosa te llamaremos”

Yo por el contrario de Ofelia, me aferro a la vida, transito cada día un bosque apasionante. Ver poco con los ojos me invita a percibir otras dimensiones, las que regalo a mis personajes y a mis escritos.

El camino de salida es más sencillo, la memoria me ayuda a atravesarlo y ya no necesito mostrar glamur ni convencer a nadie de que valgo en escena aunque me cueste afinar la vista, una vez más he cumplido mi faena.

Es en medio de esos pensamientos cuando siento a mi lado la voz de la mujer de la entrada, que presurosa me ha alcanzado y con una sonrisa me dice en voz baja – ¡No tendrás que esperar la llamada…el papel es tuyo! No sé cómo lo haces, cómo has logrado abrir la puerta del criterio del director cuando escasamente puedes ver las puertas del estudio… ¡pero te juro que yo también vi a Ofelia entre tu cuerpo! En la tarde te llamaremos para afinar asuntos de contratación y comentarte el plan de rodaje.

Se hace una pausa mientras me inunda la alegría, la miro a la cara, sigo en silencio, después se me escapa lo siguiente:

-para abrir puertas no siempre son indispensables los ojos, ni siquiera las manos, si no la clara intención de abrirlas-

Ella asiente, percibo en su mirada una disculpa, entonces pregunta – ¿necesitas algo especial para tomarlo en cuenta durante el rodaje?-, yo respondo -solo necesito empatía y un libreto con letras negras muy grandes y gruesas-. Ella dice –de acuerdo, cuenta con ello y por los desplazamientos no te preocupes, ni por los pasillos o puertas, para eso está el departamento de producción, ya lo sabes- concluye sonriendo.

-Sí lo sé, de todos modos puedes estar tranquila, sé pedir ayuda y en caso de emergencia tengo varios instrumentos para orientarme, los llamo la brújula dispersa, quizás algún día te los enseñe.

Ella me acompaña hasta la salida, ambas continuamos el trayecto en silencio, nos despedimos con dos besos y un abrazo inesperado.

Este escrito tiene una importante dosis de ficción pero se sustenta en episodios reales de mi cotidiano. Es una manera de narrar algunas de las experiencias que tengo como persona y como artista, producto de mi baja visión. A quienes no me conocen personalmente pero siguen este blog, aprovecho para comentarles que los dibujos que acompañan mis escritos los hago con un atril especial, lupas y mucha paciencia.

Título del relato: La brújula dispersa  © ®
Título del dibujo:  Rutas de mi rostro (Lápiz sobre papiro japonés) © ®
Dibujo y relato de Isabela Méndez


Puertas Francas

-Asómate y dime qué ves- dijo una voz. Él se agachó y comenzó a narrar: -¡Son como puertas francas!, a través de ellas puedo ver montañas colmadas de flores, árboles que corean la canción del viento, cientos de colores repartidos en calles y casas, ropa que cuelga de los tendederos, lanzando al espacio los más afables secretos de sus dueños. Llega un olor a hierba fresca, a romero, a pan recién horneado, a cobijo, a tibio abrazo… Hay un personaje que cubre su rostro con las manos, no lo distingo, pero tengo la sensación de que necesita decir algo, ¿qué será?-

La niña cerró los ojos, el hombre le suplicó que los abriera -¡Por favor ábrelos, ábrelos te lo ruego! A través de ellos, hoy he podido ver el mundo que deseo.

La niña continuaba con los ojos herméticos. El hombre se calmó y se puso a contemplar a la pequeña. Una inmensa ternura le invadió; sin más, la tomó entre sus brazos y le dijo -¡TE QUIERO!-. Se quedaron abrazados por un rato.

Al distanciarse, el hombre, desacostumbrado a tales episodios, sintió vergüenza y se tapó la cara. La niña, que permanecía frente a él, le dijo -Quítate las manos de la cara y mira mis ojos-. Lentamente, como un chiquillo que obedece, fue subiendo la mirada. Entonces vio en los ojos de ella, al mismo personaje de antes,  que después de haber dicho ¡TE QUIERO!, dejaba al descubierto un rostro, dulcificado y sonriente.

Si lo permitimos podemos ser nuestro mejor presagio. Dentro de nosotros habitan la criatura, el adulto, la historia que acaece y la que está por completarse.

Título del escrito: Puertas Francas (Barcelona 2008) © ®
Título del dibujo: Melina (Parte de la imagen de Melina, perteneciente al cuento “Melina en su Atalaya”) © ® (Técnica mixta)
Dibujo y relato Isabela Méndez


Eficaz alimento para curar el tormento

Si en su amor piensa sin tregua,
no descansa y cuenta ovejas
coloque cuatro lentejas,
por un buen rato, en su lengua.

Le rogamos se concentre,
no se las vaya a tragar,
porque las lentejas crudas
pueden causar malestar.

Deseamos que estas sean
elementos eficaces,
y no, que por su ingestión,
le generen a usted gases.

Quien, por un lapso propicio
se aboca a este tratamiento,
descubre sus beneficios
y se cura del tormento.

Instrucciones:

Una vez con las lentejas en la boca tóquese con el dedo meñique de la mano derecha, el lóbulo de la oreja izquierda, haga diez respiraciones manteniendo la postura. Concluida esta tarea, baje su mano y pósela sobre el ombligo, del ombligo llévela a la nuca, de la nuca al glúteo derecho y de allí al codo izquierdo. Con la mano izquierda, tape su rostro por 5  minutos,  luego destápelo y cante una melodía de la infancia, con boca chiusa para no  generar disturbios bucales. Camine 20  minutos, mientras aplaude en ritmo de clave Cubana. Si le apetece bailar, permítaselo. Al terminar la caminata, siéntese en una silla con respaldar y tóquese con la nariz las rodillas, si no llega no se angustie, hágalo hasta donde le permita su cuerpo, dedique a ello 5 minutos. Al finalizar, póngase erguido con el dorso apoyado al respaldar y golpee suavemente el suelo con los pies durante 10 minutos.
Los siguientes 20 minutos escriba lo que ha ido sintiendo en cada una de las etapas del ejercicio. Cuando concluya, habrá pasado ¡una hora!
Quizás estará harto, furioso, extenuado o eufórico, pero el estado anímico no es trascendente, lo importante es que, ¡ha dejado de pensar en la persona amada por ese lapso de tiempo!
Extraiga de su boca las lentejas, tírelas o siémbrelas, quizás ha descubierto que en el interior de las mismas, yace un prodigio.

 Título del escrito: Eficaz alimento para curar el tormento © ®
Título del dibujo: Pensándote © ® (Lápiz sobre papel)
Perteneciente al diario de mi llegada a Barcelona 2004.
Este texto pertenece a “El fardo de Ana Cardo”. Espectáculo en el que mezclo poesía, teatro, cuentos y cantos .

Dibujo y escrito por Isabela Méndez ©


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