La musa arrugada

Luego de increpar a su musa mirando al vacío, dijo en un tono contenido y repleto de rencor:
– ¡Yo solo quería pintarte!. Eres una musa vieja y desvencijada, ya no me sirves- acto seguido arrugó con todas sus fuerzas el boceto que estaba haciendo y lo echó en el cubo de la basura.

Era tarde, el silencio aturdía. La mujer se fue murmurando –Si mi noche es larga, más larga será la tuya, musa egoísta que me dejas en sombras-

Transcurridas unas horas, en medio del sueño la mujer escuchó ruidos. Estuvo aterida entre las sábanas, el miedo no le permitía levantarse. Tras esperar elásticos minutos en la oscuridad, de nuevo se quedó dormida.

Al despuntar el alba se levantó cautelosa, empuñó unas tijeras a modo de espada y fue caminando hasta el taller. Cuando llegó, observó que el papel en el que había querido plasmar a su musa, a la fuerza, no solo estaba extendido en el suelo, sino que además se había llenado de colores.

La mujer se acercó con lágrimas en los ojos. La figura del boceto estaba llena de flores y frutos, despedía un aroma penetrante y un cántico que sonaba como una cascada.
-¡Perdóname! por favor, perdóname- dijo la mujer arrepentida.
– Yo era tu musa, no tu esclava. Florezco cuando se trabaja con tesón y cariño, cuando hay inspiración real o  sencillamente cuando se me deja tranquila.
Me marcho a otro jardín de ideas, en el que sea libre.
La musa se separó del papel y se fue caminando con sus muchas raíces.

La mujer agarró la hoja, ahora blanca, y lloró sobre las huellas que habían dejado las arrugas. El desánimo pobló los rincones de su casa, transcurrieron días llenos de largos silencios, solo rotos por sus lamentos.
Una tarde mientras cocinaba, el aroma de la albahaca mezclada con la pimienta y el aceite de oliva, le hizo recordar las tardes en que la abuela preparaba el aliño de su plato favorito al compás de unas estrofas, que al principio tímidamente y luego con más énfasis, la mujer se puso a cantar:

Los abrazos de mi hombre
huelen a pimiento
y a brotes de albahaca fresca
su boca y su aliento.
Y cuando mi hombre me besa
tiene un olorcillo
a romero con anís
y hojas de tomillo

Al ritmo de la melodía, la mujer se puso a bailar y una ola de alegría le invadió.

Sintió deseos de plasmar la cara de la abuela en un lienzo, así que dejó la comida cociéndose a fuego lento y con máximo respeto buscó los pigmentos y los pinceles.
Reconoció sus utensilios uno a uno, y con las cerdas de un pincel seco recorrió el lienzo, como haciéndole cosquillas. Dejó que la mano transitara sinuosa sobre la superficie, que el tiempo se amalgamara con el espacio, que su mente paseara equina, dejando las imágenes libres, como crines que mueve el aire. Luego mojó el pincel en pigmento y emprendió el camino conocido y siempre imprevisto de crear.
Al rato de estar pintando, escuchó un ligero sonido y pudo ver que en un hoyito de su paleta, una musa, nacía tímidamente.

Título del poema: La musa arrugada © ®
Título del dibujo: Entre arrugas (técnica mixta) ®
Dibujo y escrito de Isabela Méndez

2 comentarios para “La musa arrugada”

  • avatar María Antonieta:

    ¡Qué riiiico ese olor a romero y tomillo, Isabela!

  • «Tras esperar elásticos minutos en la oscuridad…»
    Ai, Isabela, tus palabras, tu arte, las imágenes. Las imágenes que se dibujan sobre la hoja de mi mente, que invaden mi boca, mi estomago. Mi imaginario.
    Qué bien me va que en medio de las tormentas digitales de cada día, en medio de la fragmentación de ideas, de la incertidumbre de las redes instantáneas, aparezcas tú. Y tus historias.

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