Puertas Francas

Asómate y dime qué ves– dijo una voz. Él se agachó y comenzó a narrar: –¡Son como puertas francas!, a través de ellas puedo ver montañas colmadas de flores, árboles que corean la canción del viento, cientos de colores repartidos en calles y casas, ropa que cuelga de los tendederos, lanzando al espacio los más afables secretos de sus dueños. Llega un olor a hierba fresca, a romero, a pan recién horneado, a cobijo, a tibio abrazo… Hay un personaje que cubre su rostro con las manos, no lo distingo, pero tengo la sensación de que necesita decir algo, ¿qué será?-

La niña cerró los ojos, el hombre le suplicó que los abriera -¡Por favor ábrelos, ábrelos te lo ruego! A través de ellos, hoy he podido ver el mundo que deseo.

La niña continuaba con los ojos herméticos. El hombre se calmó y se puso a contemplar a la pequeña. Una inmensa ternura le invadió; sin más, la tomó entre sus brazos y le dijo -¡TE QUIERO!-. Se quedaron abrazados por un rato.

Al distanciarse, el hombre, desacostumbrado a tales episodios, sintió vergüenza y se tapó la cara. La niña, que permanecía frente a él, le dijo -Quítate las manos de la cara y mira mis ojos-. Lentamente, como un chiquillo que obedece, fue subiendo la mirada. Entonces vio en los ojos de ella, al mismo personaje de antes,  que después de haber dicho ¡TE QUIERO!, dejaba al descubierto un rostro, dulcificado y sonriente.

Si lo permitimos podemos ser nuestro mejor presagio. Dentro de nosotros habitan la criatura, el adulto, la historia que acaece y la que está por completarse.

Título del escrito: Puertas Francas (Barcelona 2008) © ®
Título del dibujo: Melina (Parte de la imagen de Melina, perteneciente al cuento «Melina en su Atalaya») © ® (Técnica mixta)
Dibujo y relato Isabela Méndez

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