La sombra es la oportunidad que tenemos de saber que hay luz en el camino.
Nuestra sombra no se avergüenza de nosotros, nos lleva con orgullo, sabe que es nuestra carne la que da cabida a su cuerpo etéreo, va a nuestro ritmo, no se queja y nos quiere vivos para seguir existiendo.
Al apagar la luz nuestra sombra crece, se propaga, da rienda suelta a sus seres de café sin leche, sus gnomos de aliento a madera. Ella duerme en nuestra realidad y vive en su propio sueño, es amiga de la noche, hija del sol, hermana de nuestras huellas, amor de nuestros insomnios, amante de nuestra impaciencia.
Nuestra sombra nos cobija sin pedir que cambiemos, nos mira con ternura y sigue a nuestro lado aunque nos sintamos desmembrados.
Hoy, en esta hora de sal, en este momento de miel que se ha secado, que se prolonga hasta el hastío y que late en mis pezones. En este momento de hombres marchitos y mujeres sin nombre, una sonrisa me nace del ombligo y se trepa hasta mis ojos, porque estoy entendiendo que mi sombra es mi maestro.
Aún no puedo declarar este noviazgo, pero puedo vislumbrar el romance, romance de mi sol con mi luna, de mi cordura con mi demencia, del silencio que guardan mis pasos y el cántico que entonan mis pestañas.
Amaré a mi sombra… y luego seré libre para amar a la mujer que soy, al hombre que llevo en las rodillas, al niño que siempre doy a luz, al caracol que duerme entre mi boca.
María Isabella Méndez,
Isabela, Maibe o la carne de mi sombra.
30 de noviembre de 2001
Autora del escrito y el dibujo: Isabela Méndez © ®
Dibujo: Tinta sobre papel. De la serie de Nueva York ®