(Respuesta a la carta de una amiga en la que me pregunta si solo extraño la geografía)
La geografía es tanto, amiga mía, añorar la geografía es como añorar el cuerpo de quien se ama: recinto de su alma.
Pero es más aún, esa geografía nos vio nacer, acunó nuestros primeros respiros, carcajadas, pasos, traspiés, nos llenó de aromas propios de su vegetación y sus manjares, nos dio un contexto en el que aprendimos a comunicarnos, a amar y ser amados, y en el caso de nuestra tierra, nos regaló la bendición de un sol perenne, de un clima piadoso.
No puedo ir al pasado, sin recorrer las rutas felices de los paseos por Los Andes de la mano de mi padre, orgulloso de su procedencia, explicándonos sobre la flora y la fauna, sobre la historia del lugar, con esa mezcla deliciosa que su fisonomía contiene: sapiencia, cultura, fe e infinito amor por la montaña y el trabajo campesino. Recuerdo el olor de la caña de azúcar y la aventura que significaba para mi hermana y para mí ver a nuestro padre cortando los tallos y después entregárnoslos para que extrajéramos lo dulce de su savia.
Se me agolpan las hojas de plátano entre los pulmones y me cuesta respirar, se me escapan las lágrimas.
De vez en cuando en plena Barcelona Catalana, me visitan los recuerdos de nuestra playa, esa que estaba solo a 20 minutos de Caracas y juro que ese recorrido en mi evocación, es tan alegre, que por momentos me parece que baña de Caribe estas regiones europeas.
Llegar al mar era tener cerca a mis abuelos, tíos, primos a mi hermana y mi madre. Era la garantía de abrazos y besos, con ese amor que derrochamos en el trópico, donde no se piensa tanto para decir te quiero, o estrechar a alguien.
La geografía es también, nuestras carreras para llegar a clases en la Universidad Central, llena de verde y flores, el encuentro con todos los que amé entonces y amo ahora, mis amigos, con los que soñé un teatro hermoso, con los que hice Lorca, con los que luego tuve la dicha de estar en escenarios profesionales.
Y fíjate amiga, aunque la geografía es enorme y nuestros ojos minúsculos jamás podrán abarcarla, la llevo en el cuerpo, en el alma y casi podría decirte que a veces me cabe en la palma de la mano, porque no habrá distancia que me impida tocarla y hacerla parte de mi torrente sanguíneo, aunque sea en la remembranza.
He aceptado que este sentimiento jamás se irá, como no se fue de los miles de italianos, españoles y portugueses que llegaron a nuestra tierra Venezuela.
Los inmigrantes vivimos en tres patrias, la que hemos dejado, la que habitamos y la que ha edificado nuestra nostalgia.
Isabela Méndez