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«POEMARES», Ensayo abierto

 El pasado viernes 15 de Julio hicimos el ensayo abierto de POEMARES
en la Librería Les Punxes, y alrededor de 70 personas ávidas de poesía acudieron.

Según Bibi, quien lleva la librería, nunca había habido tanta gente
en una presentación.

Es hermoso constatar que la poesía sigue convocando, creando curiosidad y acercando a las personas.

Este espectáculo fue surgiendo de un modo orgánico.
Alekos y yo queríamos decir un sin fin de textos que abordaban temáticas variadas, pero un latido de agua se fue haciendo presente, y como el río, acabó por reclamar su lugar, su recorrido. De un modo fluido algunos escritos y cantos fueron abordando nuestro barco de papel y otros quedaron en la playa, esperando por su recital.

Sin proponérnoslo, el agua se convirtió de alguna manera en hilo conductor, un hilo sinuoso, que nos llevó en su viaje a tocar las costas del amor, lo erótico, el humor y la demencia.

Textos nuestros y de otros autores, cantos, tiple, y alguna sorpresa, forman parte de POEMARES. Dentro de las canciones está Amares y Mi hombre (perteneciente a La musa arrugada), ambas publicadas en posts anteriores de este blog.

Compartimos con los Tintiriteros esta reseña y algunas fotos del evento.

¿Por cierto, no es la tinta un pequeño océano que duerme en el tintero, esperando que lo surque el viaje gráfico de una pluma?

¡Un abrazo marino y que la poesía siga navegando!

Isabela

 

 

 

 

 

 

Título del escrito: Reseña Poemares
Escrito por  Isabela Méndez
Fotografías: Ricard Cassola

En aquella ciudad

Hola amig@s tintiriteros!!!!

El post correspondiente a esta semana, titulado «En aquella ciudad»,  lo hemos publicado en Panfleto Negro.

Presiona en el siguiente enlace para leer la publicación: En aquella ciudad y si te gusta el escrito, danos tu voto!!

Gracias!

Este cuento forma parte del disco “Cuentos al vuelo”, donde todos los cuentos son de la autoria de Isabela Méndez y la música del mismo fue compuesta, interpretada y grabada por Gaddafi Núñez.

http://www.panfletonegro.com/volante/2011/07/06/en-aquella-ciudad/

 

Título del relato: En aquella ciudad © ®
Título del dibujo: Abriendo la ventana (técnica mixta) © ®
Relato y dibujo de Isabela Méndez

La musa arrugada

Luego de increpar a su musa mirando al vacío, dijo en un tono contenido y repleto de rencor:
– ¡Yo solo quería pintarte!. Eres una musa vieja y desvencijada, ya no me sirves- acto seguido arrugó con todas sus fuerzas el boceto que estaba haciendo y lo echó en el cubo de la basura.

Era tarde, el silencio aturdía. La mujer se fue murmurando –Si mi noche es larga, más larga será la tuya, musa egoísta que me dejas en sombras-

Transcurridas unas horas, en medio del sueño la mujer escuchó ruidos. Estuvo aterida entre las sábanas, el miedo no le permitía levantarse. Tras esperar elásticos minutos en la oscuridad, de nuevo se quedó dormida.

Al despuntar el alba se levantó cautelosa, empuñó unas tijeras a modo de espada y fue caminando hasta el taller. Cuando llegó, observó que el papel en el que había querido plasmar a su musa, a la fuerza, no solo estaba extendido en el suelo, sino que además se había llenado de colores.

La mujer se acercó con lágrimas en los ojos. La figura del boceto estaba llena de flores y frutos, despedía un aroma penetrante y un cántico que sonaba como una cascada.
-¡Perdóname! por favor, perdóname- dijo la mujer arrepentida.
– Yo era tu musa, no tu esclava. Florezco cuando se trabaja con tesón y cariño, cuando hay inspiración real o  sencillamente cuando se me deja tranquila.
Me marcho a otro jardín de ideas, en el que sea libre.
La musa se separó del papel y se fue caminando con sus muchas raíces.

La mujer agarró la hoja, ahora blanca, y lloró sobre las huellas que habían dejado las arrugas. El desánimo pobló los rincones de su casa, transcurrieron días llenos de largos silencios, solo rotos por sus lamentos.
Una tarde mientras cocinaba, el aroma de la albahaca mezclada con la pimienta y el aceite de oliva, le hizo recordar las tardes en que la abuela preparaba el aliño de su plato favorito al compás de unas estrofas, que al principio tímidamente y luego con más énfasis, la mujer se puso a cantar:

Los abrazos de mi hombre
huelen a pimiento
y a brotes de albahaca fresca
su boca y su aliento.
Y cuando mi hombre me besa
tiene un olorcillo
a romero con anís
y hojas de tomillo

Al ritmo de la melodía, la mujer se puso a bailar y una ola de alegría le invadió.

Sintió deseos de plasmar la cara de la abuela en un lienzo, así que dejó la comida cociéndose a fuego lento y con máximo respeto buscó los pigmentos y los pinceles.
Reconoció sus utensilios uno a uno, y con las cerdas de un pincel seco recorrió el lienzo, como haciéndole cosquillas. Dejó que la mano transitara sinuosa sobre la superficie, que el tiempo se amalgamara con el espacio, que su mente paseara equina, dejando las imágenes libres, como crines que mueve el aire. Luego mojó el pincel en pigmento y emprendió el camino conocido y siempre imprevisto de crear.
Al rato de estar pintando, escuchó un ligero sonido y pudo ver que en un hoyito de su paleta, una musa, nacía tímidamente.

Título del poema: La musa arrugada © ®
Título del dibujo: Entre arrugas (técnica mixta) ®
Dibujo y escrito de Isabela Méndez

La brújula dispersa

El dolor, baluarte de punzadas. En él un regimiento de no sé qué criaturas, aporrea tambores que retumban en mis ojos y sienes, ¿acaso no los sienten los demás?

Mis ojos buscan la luz del semáforo y a cambio reciben un vago panorama, en el que no distingo si lo que hay frente a mí, es un cuadro de un impresionista borracho, una obra escultórica demasiado moderna, o la realidad que me impele a participar, y en la cual una vez más arrastrada por los objetivos que debo cumplir, me lanzo. Cruzo la calle confiando en que los peatones son sensatos y han visto la señal en verde…

Voy descubriendo lo que me rodea solo cuando arribo a ello, casi cuándo lo palpo, ¡milagrosamente no tropiezo! Siempre descubro el mundo “justo a tiempo”.

A lo que tengo le llaman baja visión, a esta forma de percibir el universo, que en mi caso es producto de un problema en el nervio óptico, imposible de corregir con gafas.

Era más sencillo durante mi infancia, cuando leer no constituía un requisito y me llevaban de la mano a los distintos lugares. En aquel tiempo, los adultos estaban pendientes de mi llegada, ahora en cambio llegar a un lugar, por ejemplo a un restaurante, es una odisea que la gente de vista normal no imagina. Una vez allí, las siguientes hazañas son: ver lo que hay en la carta, las bandejas que están sobre la mesa, discriminar cuál es el baño de damas…

En mis desplazamientos por la calle llevo lo que denomino una “brújula dispersa”, es decir, una serie de herramientas que me ayudan a orientarme. Con el objeto de distinguir los números de los autobuses, de las calles o ciertos letreros, uso un telescopio de bolsillo, para leer letras pequeñas llevo unas gafas lupa y para protegerme del sol unos lentes polarizados. Mi móvil tiene un programa que me dicta los nombres de quienes me llaman, los diversos menús y los mensajes.

En casa mi brújula la constituye  un ordenador adaptado.

He llegado al casting, el dolor de los ojos ha bajado. Quienes allí están no sospechan cómo veo, ya que no llevo bastón, ni anteojos de cristal gordo y mis ojos lucen normales. Una mujer me recibe, yo hago lo imposible por disimular mi ceguera estando muy atenta en el trayecto que realizamos y sonriendo cuando ella me mira. En cierto punto me dice – sigue por este pasillo, en las puertas hay letreros, donde veas Federico Michelena, entra. Yo me he puesto pálida, ¡no puedo leer los letreros!, así que a mi pesar y con el corazón amontonando sus latidos, le digo –oye disculpa, pero no veo bien, ¿tú me podrías acompañar hasta el lugar?–, ella dice –pero los nombres de las puertas son enormes, ¡los verás! –, yo replico –¡No, no los veré!–, se genera un momento de tensión, al final ella cede y de mala gana me acompaña. Entro en el lugar, un sinfín de puertas se vuelven a esparcir ante mi vista, como si hubiera entrado en alguna pesadilla de Kafka, pero con un barniz de glamour porque está plagado de mujeres hermosas, de todas las tallas y colores. Vuelvo a pedir ayuda dando la explicación pertinente y esa persona me pregunta –¿oye, cómo haces para leer los libretos, si ves tan poco?–  a lo que respondo –los imprimo con letras muy grandes y memorizo deprisa. Llegamos al estudio de grabación, rezo en silencio, espero que mi intuición, mi instinto y 20 años de oficio, me ayuden a superar este escollo. Los próximos minutos transcurren en un limbo actoral, ese que empieza con los nervios de tener en frente director, productor, camarógrafo, vestuarista y la responsabilidad de encarnar a Ofelia en la audición. Aún así, mis oídos están alerta y he escuchado cada una de las acotaciones que aluden al espacio escénico y las intenciones del personaje.

Con ferocidad me paseo por el lugar apropiándome de la atmósfera, tocando cuanto es posible, ya ha salido a la caza mi bestia, esa que muerde el aire y lo hace verbo, la que mastica el silencio y rasga el vacío. Ese animal que es también vulnerable y tierno, que encuentra en el gesto su guarida. Impregno a Ofelia de todo ello y Ofelia agradecida me da a cambio su verdad, la que nunca le ha confesado a ninguna otra actriz, porque es en la ceguera donde se sabe cómo palpitan las cosas y el mundo. Mi ceguera me permite comprender su demencia, ese estado de sensibilidad profunda, de claridad extrema, en el que si se pierde el norte, el abismo está por dentro.

Su sensibilidad la condujo al  suicidio, amada Ofelia, nenúfar de piel.

He dicho los parlamentos entre la consciencia y la inspiración, he podido entregarme dejando de lado el hecho de que me contemplan personas extrañas que fungen de jueces.

Concluyo la escena, me toma unos instantes despedir a Ofelia, que a pesar de su dolor me sonríe y abandona el estudio con paso sereno, altiva.

Todos permanecen en silencio. Descubro que está allí la mujer que me recibió y me condujo ante el laberinto de puertas. El director deja escapar una sonrisa, busca la mirada de la productora, esta le hace una señal de aprobación, pero en seguida lanzan la frase a la que tanto le tememos los actores “Gracias por venir, cualquier cosa te llamaremos”

Yo por el contrario de Ofelia, me aferro a la vida, transito cada día un bosque apasionante. Ver poco con los ojos me invita a percibir otras dimensiones, las que regalo a mis personajes y a mis escritos.

El camino de salida es más sencillo, la memoria me ayuda a atravesarlo y ya no necesito convencer a nadie de que valgo en escena aunque me cueste enfocar la vista, una vez más he cumplido mi faena.

Es en medio de esos pensamientos cuando siento a mi lado la voz de la mujer de la entrada, que presurosa me ha alcanzado y con una sonrisa me dice en voz baja –¡No tendrás que esperar la llamada… el papel es tuyo! No sé cómo lo haces, ¡cómo has logrado abrir la puerta del criterio del director cuando escasamente puedes ver las puertas del estudio…, pero te juro que yo también vi a Ofelia entre tu cuerpo! En la tarde te llamaremos para afinar asuntos de contratación y comentarte el plan de rodaje.

Se hace una pausa mientras me inunda la alegría, la miro a la cara, sigo en silencio, después se me escapa lo siguiente:

–Para abrir puertas no siempre son indispensables los ojos, ni siquiera las manos, sino la clara intención de abrirlas.

Ella asiente, percibo en su mirada una disculpa, entonces pregunta –¿necesitas algo especial para tomarlo en cuenta durante el rodaje? –, yo respondo –solo necesito empatía y un libreto con letras negras muy grandes y gruesas–. Ella dice –de acuerdo, cuenta con ello y por los desplazamientos no te preocupes, ni por los pasillos o puertas, para eso está el departamento de producción, ya lo sabes– concluye sonriendo.

–Sí, lo sé, de todos modos puedes estar tranquila, sé pedir ayuda y en caso de emergencia tengo varios instrumentos para orientarme, los llamo “la brújula dispersa”, quizás algún día te los enseñe.

Ella me acompaña hasta la salida, ambas continuamos el trayecto en silencio, nos despedimos con dos besos y un abrazo inesperado.

Este escrito tiene una importante dosis de ficción pero se sustenta en episodios reales de mi cotidiano. Es una manera de narrar algunas de las experiencias que tengo como persona y como artista, producto de mi baja visión. A quienes no me conocen personalmente pero siguen este blog, aprovecho para comentarles que los dibujos que acompañan mis escritos los hago con un atril especial, lupas y mucha paciencia.

Título del relato: La brújula dispersa  © ®
Título del dibujo:  Rutas de mi rostro (Lápiz sobre papiro japonés) © ®
Dibujo y relato de Isabela Méndez
@mendezisabela

Puertas Francas

Asómate y dime qué ves– dijo una voz. Él se agachó y comenzó a narrar: –¡Son como puertas francas!, a través de ellas puedo ver montañas colmadas de flores, árboles que corean la canción del viento, cientos de colores repartidos en calles y casas, ropa que cuelga de los tendederos, lanzando al espacio los más afables secretos de sus dueños. Llega un olor a hierba fresca, a romero, a pan recién horneado, a cobijo, a tibio abrazo… Hay un personaje que cubre su rostro con las manos, no lo distingo, pero tengo la sensación de que necesita decir algo, ¿qué será?-

La niña cerró los ojos, el hombre le suplicó que los abriera -¡Por favor ábrelos, ábrelos te lo ruego! A través de ellos, hoy he podido ver el mundo que deseo.

La niña continuaba con los ojos herméticos. El hombre se calmó y se puso a contemplar a la pequeña. Una inmensa ternura le invadió; sin más, la tomó entre sus brazos y le dijo -¡TE QUIERO!-. Se quedaron abrazados por un rato.

Al distanciarse, el hombre, desacostumbrado a tales episodios, sintió vergüenza y se tapó la cara. La niña, que permanecía frente a él, le dijo -Quítate las manos de la cara y mira mis ojos-. Lentamente, como un chiquillo que obedece, fue subiendo la mirada. Entonces vio en los ojos de ella, al mismo personaje de antes,  que después de haber dicho ¡TE QUIERO!, dejaba al descubierto un rostro, dulcificado y sonriente.

Si lo permitimos podemos ser nuestro mejor presagio. Dentro de nosotros habitan la criatura, el adulto, la historia que acaece y la que está por completarse.

Título del escrito: Puertas Francas (Barcelona 2008) © ®
Título del dibujo: Melina (Parte de la imagen de Melina, perteneciente al cuento «Melina en su Atalaya») © ® (Técnica mixta)
Dibujo y relato Isabela Méndez

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